Norte Neuquino: Circuito Cochico y Paso Cajón de los Nevados

13 de Abril de 2018 – Tricao Malal, Provincia de Neuquén. Patagonia. La realidad me situaba en una soleada y cálida tarde por el norte neuquino. Me encontraba ya acercándome al pueblo cuando la inesperada señal me da cuentas de que mi amigo Guille me andaba buscando. Ya tenía la chata lista y pronta para arrancar y arrimarse a mi encuentro. El lugar acordado fue la casa de Sabri en Chos Malal, un poco más al sur de donde me encontraba yo en medio de la pampa de Tricao Malal, que dicho y sea de paso, significa “Corral de los Loros Barranqueros”, en mapuzungú. Desde aquí se puede apreciar el Volcán Domuyo como en pocos lugares. El paisaje se completa con la Cordillera del Viento que por estos días se la puede apreciar blanca toda debido al temporal de nieve que azotó las alturas hace algunos días atrás.

Me subí a la Gringa y arremetí con la inminente noche otoñal. A mi paso, los puestos floreados de sauces y álamos amarillentos solo podían ser descubiertos por su inconfundible aroma. La máquina había arreglado el camino y rodar a oscuras no era un problema. Al contrario lo disfruté mucho. Llegando a la Salada, pasó un auto que lejos de comprender qué hacía yo a altas horas de la noche intentando llegar a Chos Malal, se ofreció a acercarme. Desarmada la Gringa, entró en ese pequeño baúl y en un rato nomás ya estaba llegando a la chacra de Sabri. La chata de Guille estaba allí echada pero sin señales de mi amigo. El viaje desde Bariloche debió agotarlo, pues se encontraba el hombre allí dentro por el séptimo sueño enrollado en su bolsa de campaña como indio con quillango nuevo. Le golpié la ventana y salió al encuentro para luego cenar junto a mis amistades norteñas y organizar nuestro itinerario.

Guillermo Aveggio. Biciviajero eventual, y amigo personal.

En la mañana siguiente armamos el equipo y salimos disparados a nuestra travesía. Por delante tendríamos por expedición el noroeste neuquino. Salimos orillando desde la ruta 40 y por la ruta provincial 2 hasta su desvío en el acceso al ex centro invernal del Cerro Wayle. Un largo ascenso de lenta marcha nos arrimó poco a poco a la base del Volcán Tromen el cual no confunde su cónica cumbre nevada y negros escoriales milenarios. Pampas anchas sedientas de lluvia en la que abunda el neneo y el verde coirón, entre tanta piedra y soledad para unos pocos crianceros trashumantes que se resisten a abandonar una tradición centenaria, pero no menos sacrificada, de veranear en las alturas.

Volcán Tromen.

El ascenso llega a su máximo del día tras superar los 2200msnm y dejando a un costado el escorial que, derramado desde la cima del Tromen, dibuja una silueta en la piedra como indicándonos el rumbo para llevarnos a descender abrúptamente. Desde aquí las aguas desaguarán hacia el norte en esta gran cuenca dominada principalmente por el gigante Domuyo. En un largo y pedregoso descenso avancé en velocidad dejando atrás al cumpa, salvo en momentos en que la escena pide fotografiarse para el eterno recuerdo, y allí es cuando Guille saca a relucir su característica habilidad fotogénica.

Recién cuando el Sol se ponía, la huella nos llevó a lo que parecía una grieta en la tierra. Pero resultó ser el cañadón del río Butaco. Ese fue el lugar elegido para el pernocte entre derrumbadas antiguas rucas de crianceros.
Con el Sol de mañana, Guille puso en práctica sus conocimientos arqueológicos para traer a nuestros ojos los elementos de piedra con los cuales en la antigüedad raspaban los cueros nuestros antiguos pobladores.

A pesar de encontrarnos en pleno abril, aquí en el norte neuquino parece no haber llegado la fresca otoñal. Con temperaturas arriba de los 18 grados durante gran parte del día y un pronóstico alentador para toda la semana, nuestra travesía parece ir por buen camino, aunque la repentina nevada que pegó en la cordillera del viento tres días antes de comenzar la contienda podría hacer fracasar nuestro mayor objetivo de vencer el pasó por el Cajón de los Nevados.

Río Barrancas entre bardas, y al fondo el Payún Liso.

Siguiendo el descenso en sentido norte hacia el río Barrancas, la geografía esteparia y volcánica nos abre un coironal con vistas al lejano horizonte donde la Payunia es el principal protagonista. Pasando el Puesto de Vazquez llamado Aguas Calientes por el brote de vapores que derriten las nieves durante el invierno, tomamos el desvío a la ruta provincial 53 en lugar de seguir hacia el pueblo de Barrancas. En ese punto el cartel anuncia el comienzo del Circuito Cochicó. Con todos los sentidos en alerta siento agua corriente, por lo que extiendo mi mirada alrededor. Una vertiente entubada nos da respiro y calma nuestra sed, para seguir el ruedo tranquilamente.

Una pedaleada larga en ascenso sin mayores dificultades hasta empezar a desenroscar el cañadón del río Huaraco donde las taperas amarillas confiesan estar a punto de perder sus hojas. Este es un yacimiento de sal marina que el río trae desde una salada ubicada en las veranadas de la laguna Huaraco, río arriba. Cruzado el puente, la zeta de un moderno camino nos eleva nuevamente a la meseta para volver a descender nuevamente en el cañadón del río Chadileu. Aquí nos encontramos con el arriero trashumante Don Bravo que volvía de su veranada con pilchero, perro, gato y cuanta olla entrase entre sus bártulos. Cuando le pregunté por el piño de chivos me señaló la cuesta del cañadón apretando los labios, levantando la cabeza y extendiendo levemente el mentón hacia adelante, a la vez que me decía: “-Por allí.” Las chivas y chivos iban por su cuenta y de memoria trepando campo traviesa por donde originalmente iba la huella. El paisano aprovechaba el camino carretero para no agotar sus caballos.

Junto al río, el Puesto Canale nos da la bienvenida al pago en donde me encuentro a Sandra charlando con Juan. El hombre es vecino y estaba de paso por aquí. Mientras Sandra me ceba unos mates, Juan me cuenta con indignación las realidades de la vida paisana. Aquí la gente no hace más que trabajar duro año tras año en inviernos y veranos, llevando y trayendo sus piños como la tradición manda. Viviendo duramente en rucas improvisadas y sin más comodidades que un fuego y poncho. A dieta de capón y ñaco para recibir limosnas por sus chivos que unos cuantos organizados luego venderán en las ciudades por el doble sin mayores sacrificios que el transporte. Mientras esta gente debe gastar lo que no tiene para que sus hijos apenas puedan recibir una educación básica.

-Últimamente nos vienen quitando toda la ayuda. Ya no tenemos transporte público, y cada vez que algo sucede estamos aislados. Yo debo vestir a mis hijos, pagarles el alojamiento en Barrancas a algunos y otros en Chos Malal y además deben alimentarse, mientras a mi Pessino –el hombre trabaja de peón- me paga cada 6 meses un sueldo. Encima nos siguen aumentando las cosas, la garrafa, el combustible y vicios.

Es increíble que haya lugares en la provincia de Neuquén donde se venda a más de 30 pesos el litro de nafta.

- Yo no quiero que mis hijos vivan esta cruel y sacrificada vida que nos enseñaron nuestros abuelos. Por eso yo hago lo que puedo para que mis hijos terminen su educación y puedan obtener un trabajo y una vida digna de ser vivida.

Aquí, no le llevan el apunte al dólar, no les interesa el fútbol, ni pretenden ir al cine ni al shopping. Mucho menos piensan en que harán en vacaciones, ya que en verano está descartado que se la pasarán en la veranada sin más que bajo la compañía de sus perros y chivos. Salvo algunos casos en que los chivos son ajenos como los que cría Juan. Aquí se piensa en las lluvias y sequías, en el frío invernal y en la calor de verano. Mientras en las alturas gobierna el Domuyo, en el estado se gobierna con el olvido del paisano y su rol en la sociedad de consumo que tan degradada vida le ha asignado. Ellos solo ven el progreso en los pueblos y ciudades con trabajo asalariado y es ello lo que buscan para sus hijos. Pocos son los que desean seguir el folklore trashumante y los de su raza van en camino a la extinción.

Pedí permiso a Sandra y allí nomás armamos nuestro campamento, para dejar pasar ya nuestra segunda noche.

Río Barrancas.

El clima acompaña con buena temperatura y un Sol que nos mantiene el cuerpo caliente sin hacernos sudar demasiado. Estaba en lo cierto cuando pasé por primera vez por el norte neuquino y siendo casi verano y el calor agobiante, me aseguraba que volviendo en otoño podría recorrer la región con mejores condiciones. Hoy nos toca recibir el viento de frente y nuestra pedaleada no es muy eficaz, por lo que la distancia a desarrollar será menor a la deseada. Por suerte ya vencimos los dos cañadones y llegamos al desagüe del río Coyucó, en el cual la ruta desmejorada se empieza a convertir en una maltratada huella que orilla la ribera del río Barrancas. Junto a él vamos río arriba disfrutando del serpenteo de un río cuyo nombre se debe a los altos barrancos que lo encajonan. Además de ser afluente del río Colorado, es también la frontera con la provincia de Mendoza y marca el comienzo de la Región Patagónica. Realizar este desafío en lo personal significa recorrer y conocer aún más la Patagonia y sus pobladores.

Esa noche acampamos junto a los paisanos Vázquez y González, bajo un sauce al costado de la huella. Dos caballos, dos bicicletas, y cuatro criollos libres como un cóndor en su cielo.

Lago Cari Lauquen.

El río Barrancas encuentra sus nacientes en los deshielos de glaciares y nieves cordilleranas, como así también en los diferentes arroyos y ríos provenientes de vertientes de la cuenca hídrica del Volcán Domuyo. Mayormente, esos arroyos bajan turbios arrastrando sedimentos barrosos producto de la sequedad y falta de vegetación. Sucede que aquí la altura es importante y subiendo, las bardas ascienden rápidamente por encima de los 2000 metros. Altura en la que el clima no ayuda al desarrollo de vida floral. La cantidad de agua que arrastra y acumula el Barrancas se puede evidenciar en el lago Cari Lauquen.

Avanzo por la huella con vistas panorámicas increíbles a la vez que me detengo para fotografiar lo que contemplo. A lo lejos puedo apreciar sobre la barda las marcas que en un principio sospechaba sería nuestra huella, pero no. La marca tan pareja en horizontalidad no es más que la cota máxima que alcanzó el lago hace más de cien años atrás.
Cuentan los paisanos que una vez hubo un gran estruendo que quebró en pedazos rocas inmensas y que, arrojadas por la barda a ruedo, taponearon el desagüe natural del río "endicandoló". Ello hizo que el río dejara de fluir y se acumulara el agua haciendo crecer el lago hasta inundar cada uno de los valles a su alrededor y por más de 25km de longitud del propio cauce del río Barrancas hasta la cota 1500msnm. Todo ello tuvo un desenlace estremecedor en el año 1914 cuando el dique natural de rocas terminó por ceder ante la presión del agua acumulada produciendo grandísimas devastaciones e inundaciones río abajo en el propio pueblo de Barrancas y Rincón de los Sauces en la provincia de Neuquén.

Río Barrancas y marca de cota máxima de lago Cari Lauquen.

La travesía continúa siempre a la vera del Barrancas. Sus aguas dan vueltas sin rápidos como serpiente que brinda vida por el cañadón. Siempre rodando sobre su margen sur y río arriba como quien pretende llegar a la cordillera. Cuando creíamos que ya habíamos visto todo, es en el hogar de don Marquez en Lonco Vaca donde nuestros ojos no pueden creer tan frondosa entrada entre tanto páramo. Sus inmensos sauces no se comparan con la variedad de árboles frutales, huerta y flores que el hombre mantiene con esfuerzo y dedicación. Algo inédito y hasta extraño entre la paisanada aquí vista. Le compramos frutas y verduras y seguimos ruedo.

En nuestra marcha nuevamente nos detenemos ante lo extraño por nuestra impronta de curiosos merodeadores pues, aquí una grieta en la piedra se abre para brindar fósiles marinos.
Subiendo a lo alto para atravesar un pequeño paso, la pampa de coironales junto a una vertiente que se escurre al lado, atestiguan la presencia antepasada de nuestros pueblos originarios y su costumbre de cazadores. Aquí nadie ha visto nunca guanacos. Pero es evidente que por la presencia de tantos restos de piedra tallada, el lugar haya sido alguna vez un picadero donde los mapuches iban y venían trayendo la recompensa del día. Aquí cerca es fácil ubicar obsidianas en cantidad por lo cual no es extraño que el picadero funcionara en el lugar con una importante población.

El día culmina sin cansancio pero satisfechos por lo realizado, por lo aprendido y disfrutado. En uno de los últimos puestos conocido como Puertas del Barrancas, hacemos noche con el permiso de su poblador con la sencilla idea de amainar nuestra cena entre charlas.

Y llegó el día esperado. Por delante teníamos nada menos que el desafío de atravesar por el paso más alto y agresivo de la Patagonia toda que jamás se me hubiera ocurrido realizar. La huella se aleja del Barrancas, y nos lleva en sentido oeste para comenzar a ascender por el valle del río Los Nevados. La pendiente es agresiva y el terreno está muy maltratado por las inclemencias climáticas seguida de algún piño que, regresando de la veranada, terminó de deformar por completo la huella dejándola casi imposible de rodar. Cada una de las personas que nos cruzamos nos auguraron mucha nieve arriba sin siquiera haber estado allí nunca. Por lo pronto nos dedicamos a empujar y arrastrar nuestras bicis devenidas en pilcheros que a la altura en que nos encontramos nos hace sentir el rigor. Vadeamos, una y otra vez el río, quitándonos las botas para evitar mojarlas a sabiendas de lo crítico que podría ser llegar arriba con los pies empapados.

Río de los Nevados.

A paso lento fuimos ascendiendo para llegar a las 4 de la tarde por encima de los 2500msnm y con la nieve completamente tapando todo a nuestra vista.

De haberme encontrado solo, hubiera optado por acampar y seguir travesía al día siguiente, ya que intentar llegar al Paso con menos de 2 horas de luz, era muy riesgoso. Guille se puso firme y no me dejó opción.

“-Hay que seguir hasta el final. Hoy el cielo está completamente despejado con Sol pleno y sin viento. Pero esto puede cambiar de un momento a otro. Y si el cielo se cierra para mañana, el Paso no lo vamos a encontrar a esta altura.”

Le di la derecha a mi cumpa, quién no es baqueano aquí, más siendo él patagónico y de mayor experiencia, debo confiarle siempre.

Paso Cajón de los Nevados.

Pasadas las 6 de la tarde llegamos al punto más alto que jamás haya estado junto a mi bicicleta a más de 2820msnm donde atravesamos el Paso del Cajón de los Nevados. Como bien lo dice su nombre, lleno de nieve y por encima de los tobillos! Allí Guille se calzó las botas y empezamos a patear. Con media hora más de Sol a esta altura y buena temperatura caminamos, ya que la nieve estaba semidura y la volvía imposible para pedalear, aún con mí rodado midfat que cada un metro se enterraba. Mientras el Sol pegaba, la temperatura era buena, pero al rato sus rayos dejaron de ser efectivos y el frío obligó a sumar capas.
Cuando la oscuridad fue plena la helada comenzó a sentirse fuerte allí arriba. Apretando el frío por entre los pies y manos comprendimos que no podíamos estar mucho más tiempo allí y debíamos dejar las cumbres nevadas y bajar a donde ya no hubiera nieve para poder pasar la noche.

Paso Cajón de los Nevados.

Una vez arrimados al Cajón del Río de la Crianza donde la huella comienza a descender por una zeta casi como precipicio, bajamos lo suficiente hasta superar el límite de la nieve donde la helada dejó de apretar y nos dio la posibilidad de armar campamento.

Mientras Guille limpiaba el coironal, yo junté agua y la calenté para meterle un té al cuerpo.
Luego seguímos con la cena: fideos con lentejas. Para cuando quisimos acordarnos ya estábamos calentitos de pies a cabezas en nuestras bolsas de plumas y listos para dormir con la sensación de haber cumplido el objetivo máximo. De aquí en adelante será casi todo descenso y el Norte Neuquino ya está en nuestras manos.

Camino a Varvarco y el Volcán Domuyo de fondo.

Doble Paso Puelo – El León: La Bravura del Manso (Parte 2)

28/2/2018 - Lago Azul. Región de los Lagos, Chile. Saliendo del lago Azul por sendero, la huella parece pedaleable. Pero, tan solo 100 metros después no pude hacer otra cosa más que bajarme y empujar hacia arriba  para vencer el cerro que me separa de la carretera. Una vez sobre el ripio, pedalié con soltura hasta llegar a Llanada Grande. Allí aprovecho para abastecerme nuevamente. Casi pude conseguir todo lo que precisaba. Incluso pude almorzar ricos sánguches de palta, tomate y queso de campo.

Seguí la ruta hasta cruzar por puente la desembocadura del río Manso cuyo cauce confluye unos kilómetros más adelante con el río Puelo en su camino al Pacífico. Al otro lado del puente la huella ancha me marca el rumbo y pasando por las distintas chacras voy haciendo mi camino costeando el Manso río arriba.

Poco a poco la huella se reduce erosionada tan solo por el tránsito de caballo y arreo de ganado de los pobladores que habitan los parajes de la zona.

Unos 15km de pedaleo casi continuo por una maltratada pero entretenida huella, me dejó a tiro de bicicleta para pechear hacia arriba por un caracol de barro, piedras y cajones de tierra. El bosque en su inmensidad ascendiendo por un rodeo de árboles nativos. Un paisano se me cruza a caballo y me anuncia lo que vengo presintiendo. “-Te espera un día duro cargando la bicicleta.” A lo que respondo sonriendo: “-Si. Me lo imaginaba, pero no hay problema. Tendré que ir despacito.”
El hombre se ríe y me desea suerte.

El Sol agobia y por suerte la mayor parte del tiempo voy en la sombra. Una vez ganada la altura, la huella se aplana y me permite rodar con soltura. Dejo atrás el puesto del paisano, hasta que me acerco al río Steffen. Este río se muestra profundo y caudaloso. Cruzo por un deteriorado puente de madera hecho con pesados troncos encuadrados y montados a mano que me evita tener que poner las patas en agua.

Me distiendo un rato para comer algo y más tarde sigo. La huella haciende nuevamente con pendiente que me la hace difícil. Ya siento la dureza de la travesía. Subir y bajar parece que será una constante. Una vez en la altura, la huella nuevamente mejora y en casi terreno plano avanzo por varios puestos en aparente abandono. Uno tras otro, voy pasando los casas y galpones con aires de tristeza. Familias de tradición campera no pudieron soportar el aislamiento y en búsqueda de progreso se alejaron de su raíz para afincarse en los pueblos. Allí donde llegan los caminos, y con ello la educación, la salud y el trabajo menos sacrificado. Para mi fortuna el gaucho chileno es frutero de antaño, y en sus patios pueden encontrarse manzanos y ciruelos además de la típica zarzamora. Febrero y Marzo se vuelven ideales para esta travesía por la cosecha de frutos pero principalmente por la sequía de lluvias que secan las barreadas sendas.

La noche me agarró en el bosque sin poder encontrar lugar mejor para montar campamento. Estoy muy cerca del Torrentoso y me despido del día con la ansiedad por llegar al paraje.

Por la mañana comencé el día empujando la bici por la huella, hasta unos kilómetros antes de cruzar el río Torrentoso en donde pude volver a pedalear y sentir la satisfacción de haber dejado atrás un escollo importante. Según doña Leticia Contreras Méndez, pobladora del paraje homónimo al río, ya había superado lo peor. “-De aquí en adelante la senda es mucho más fácil casi sin subidas importantes.”, me dijo. Y así fue, la senda transitó por un estrecho camino de caballo bien enterrado en el bosque. Los barros que suelen afectar a los caminantes y jinetes, en esta época del año (fines de febrero) suele estar más seco.

 

 

Cuando la travesía por el Manso transitaba su mejor momento por un sendero estrecho pero perfecto para pedalear en todo terreno por los bosques cordilleranos, una rama se encaja en la rueda enroscando la pata de cambios para partirla en dos. Sin un solo sentimiento de pena, angustia, ni bronca, me remangué y con mis herramientas corté la cadena para continuar en singlespeed.

 

 

 

Nada iba a arrebatarme la felicidad con la que desarrollo mi aventura. Más aún a sabiendas de la gran cantidad de satisfacciones, miles de kilómetros y horas de senderismo que me dió esa pata a lo largo de la Patagonia, su estepa y cordillera.

Con la velocidad justa y el atardecer del día, arribo al Paraje el León y acampo junto al río que le da nombre.

El Valle del Manso y sus distintos parajes tienen historia entre nuestros antiguos pobladores. Por aquí habitaba y arreaba ganado el lonko Cacique Foyel. Mapuche él, nómada y poblador de Puelmapu (Tierra del Este). Foyel fue uno de los últimos tres líderes que resistieron con valentía el avance del coronel Villegas al mando de las batallones del sur en la nefasta mal llamada Conquista del Desierto, cuya agresividad se llevaría puesta a Sayhueque lonko del "País de las Manzanas" (actual sur neuquino), y a Inacayal del Chubut.
Hoy en día, dos de los ríos afluentes en la cuenca del río Manso, llevan los nombres de Foyel y Villegas, los cuales, en definitiva, mezclan sus aguas, quizás, con la misma bravura que debieron tener en aquellos históricos acontecimientos.

Cruzo el río El León por puente y seguido de él, el Manso en lancha. Aún pueden verse los restos del antiguo puente que conectaba ambas orillas. Despacito me arrimo a la tranquera que divide el camino a un lado y otro de la frontera entre Chile y Argentina, coronando una travesía que tuvo de todo. Ese mismo día, cumplía años doña Etelvina Bahamonde, o mejor conocida como Tía Etel, pobladora del paraje El León (Chile). Mientras yo pasaba por la puerta de su casa, festejaban su cumpleaños 105, aunque las fuentes oficiales aseguran que ella tiene al menos 110.

Nació en una humilde casita que ya no existe, pero vivió casi toda su vida en la que construyó su padre hace casi 100 años, con madera autóctona de ciprés y alerce en este hermoso rincón a donde antes no llegaba nadie. Un día se encontraron con agentes oficiales que le instalaron el Hito en el patio de su casa remarcando la frontera andina, y dejando su gallinero del lado Argentino.
En mi paso por el León fui invitado a su cumpleaños, adónde además de ser alimentado, brindé con bota gaucha en reiteradas oportunidades.