En Busca del Chubut

Valle del río Pichileufú

20/1/2018 - San Carlos de Bariloche, Provincia de Río Negro. Me detengo y miro a mi alrededor. Son pampas de puras piedras, calafate, matas, cardos y coirón. Un tronco petrificado que resalta por entre las demás piedras del camino esperando perderse en la erosión, mientras que a lo alto gobierna la Buitrera para el posadero de cuanto rapas sobrevuele el área. Junto a mi amigo Guille -baqueano en la zona- vamos surcando la huella ancha del camino vecinal que nos marca el rumbo con la intenciones de llegar a las nacientes del río Chubut en las alturas de la cordillera.

Guillermo Aveggio, amigo y baqueano desde el portezuelo del Dedo Gordo.

Lejos nos ha quedado ya la selva Valdiviana, pues aquí se respira más bien el ecotono de transición hacia la estepa. Ya casi no se utilizan estos altos valles para el pastoreo por sus prontas sequías de veranos calurosos. Por lo que la presencia de vacunos es muy limitada. Pero aquí si habita el puma y el zorro, mientras que el exótico ciervo colorado faldea en verano.
Nuestra primer parada fue en la veranada de los Jones, allí por donde comienza a escurrir el Pichileufú. Los perros ladran pero sin señales de presencia humana. Los que sí se acercaron fueron los tábanos que no nos dieron tregua. Armamos nuestro campamento cercano al puesto Las Mellizas, muy cerquita de un arroyo en el cual Guille se lució para pescar varias truchas y saciar nuestro apetito salvaje.
El vado tempranero nos despierta y continuamos al tranco. Siempre en ascenso y, solo cuando la huella mejora pedaleamos con soltura para terminar la mañana en un bosque alto de lengas. Almuerzo y siesta bajo las sombras del lengal, desde donde notamos el paso que nos abre la montaña de color celeste cielo. Lo que parecía una hazaña, está casi en nuestras manos: el cordón del Carreras está a punto de ser vencido.

El cerro Carreras es una montaña de importante altura en la Cordillera de los Andes. Los macizos protejen su laguna alta con historia glaciar y una inmensidad alrededor del cordón con forma de mallines que absorven y retienen las aguas como esponja que escurren lentamente a través de los distintos valles que se van abriendo paso por entre las montañas y forman cuatro importantes ríos de larga trayectoria. La divisoria de aguas allí va por cuenta del cordón del Carreras. El río Foyel y el Villegas desembocan en el Pacífico luego de confluir con el río Manso, y el Pichileufú y Chubut desembocan en el Atlántico pero de trayectorias bien distintas.

Desde el portezuelo “Paso del Dedo Gordo” podemos ver los valles y montañas que definen la cuenca del río Chubut. Miramos hacia abajo y la huella se pierde por un montón de piedras lajas. Sueltos los frenos, vamos hacia abajo intentando embocarle al camino correcto. Nos separamos pero con igual destino, terminamos en un mallín que nos hace dudar. Decidimos cruzar el primer vado de un afluente con destino de río Chubut y hacer noche en el viejo puesto de Reuque. Aquí, el paraje se encuentra en aparente abandono. La falta de truchas indican que el Chubut debe contar con algún salto río abajo que las mismas no pueden superar a la hora de desovar. La pregunta es si nosotros sí podremos con ese salto en nuestro camino río abajo.

Cordón del Carreras y Paso del Dedo Gordo.

El sendero es una huella gastada de tierra y surco profundo que poco a poco va desapareciendo y nos deja frente al Chubut sin más huella ni rumbo que el propio cauce de aguas cristalinas. Unos cuantos vados donde el Sol apenas empieza a alumbrar y, aún las aguas se sienten heladas, nos desvían hacia los bosques achaparrados con fallidos intentos por surcar ñirantales, lo cual demuestra que mi baqueano no está del todo ubicado en la senda correcta.

Decidimos continuar por el río que cada vez se encajona más. Con el agua por sobre las rodillas y nuestras bicis sumergidas, vamos al tiro. Mis ruedas anchas flotan con la corriente y se me hace difícil el vado. El didymo en las piedras nos resbalan a cada paso y con frustración vemos lo lenta que es nuestra marcha.

Es claro que no estamos yendo por el camino correcto. En la zona habitan pobladores crianceros y de veranadas, que no estamos encontrando. Mucho menos la senda por la que se desplazan.
Aquí el río está encajonado y no hay lugar para el paso de los aventureros en moto que nos han relatado esta aventura. Pero no podemos dejar de asombrarnos por lo que vemos. Las aguas frías con el paso de las horas y el Sol toman temperatura, y nuestra caminata por dentro del río no es tan terrible. La belleza de un lugar virgen que poca gente ha llegado a ver empieza a hacerme sentirme muy afortunado de estar en este lugar y me motiva a disfrutar cada minuto en las aguas del río Chubut.

Entre vados y caminatas acuáticas empiezan a abrirse los cajones que encierran al río a la vez que las pampas y bosques nos muestran pequeñas sendas de vacunos que aparecen a la vera del río. Y es allí que comenzamos a andar con más soltura y, lo que en un momento nos tomaba horas, de pronto son unos cuantos minutos.

Salto del Río Chubut.

La senda sube y el sonido de aguas en caída libre no falla. En presencia de la cascada del Chubut celebramos lo vivido y nos preparamos para descender. A pedal y rienda suelta llegamos al puesto de don Manuel Miranda, quién nos recibe con mates y abundancia que cualquier gaucho brinda al viajero de turno. Un almuerzo en familia para peregrinos que hacía días no veían a otra persona más que los propios integrantes de la campaña.

Antiguo puesto de Don Manuel Miranda.

No es vez primera que me dejo llevar. Pero si, que no discuto el rumbo. Es que ante mi tenía un temerario y experimentado viajero, de un pasado caminante y profundo de nuestra cordillera en la Patagonia Norte. Es por ello que cuando mi colega propone un cambio de rumbo, lo acepto a sabiendas de que algún encanto tendría para sorprender. En principio, la cosa iba por la costa del Chubut hasta el Maitén, pero decidimos desviarnos por uno de sus afluentes más acaudalados: el río la Horqueta. Allí fuimos de visita a uno y otro de los paisanos que habita la costa de mencionado río. Cuando el día se acababa nos asomamos al puesto de don Napal. El hombre allí vive solo pero afirma estar en un campo de su madre. Sus raíces son mapuches pero poco sabe de su pueblo originario. Para muchos de ellos no fue fácil pasar desapercibidos en una sociedad occidental y militarizada. El ocultamiento, cambio de nombres y olvido obligado de su lengua madre, el mapudungún, fueron el resultado del progreso ambicionado y la colonización de la Patagonia y sus antiguos pobladores. Don Napal nos recibió en su humilde hogar. No faltó el mate ni la cena con carne criancera. Y de desayuno: carne también.

Valle del río La Horqueta y cerro Bonete. Puesto de Don Napal.

Arrancamos temprano en el día nuevo con la meta de subir el cerro con forma de bonete. Por picada de cabras empujamos las bicis entre resbalones, pateando piedras y tierra hasta llegar al mallín en la veranada de Cacho. Seguimos la huella con el objetivo de pegarle a las nacientes del río Ternero. El puesto de don Cartón nos marca el rumbo y la picada no falla. Una vez allí seguimos el ruedo por la huella que nos marca el rumbo y se transforma poco a poco en un camino vecinal. Más de 20km casi siempre bajando por un muy entretenido camino. Los pedregales y vados torrentosos nos ponían dificultad, a la vez que sorteamos más de una vez tranqueras cerradas. Llegamos al desemboque del camino en la ruta que conecta El Maitén con la ruta 40 Nueva y le hicimos una parada para almorzar en la despensa de la familia Sheffield.

Unas horas más tarde de aburridas rutas transitadas llegamos a la Finca Shanti para relajar y coronar la travesía en la Comarca Andina.

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