La Payunia

1/12/2017 - El Nihuil, Provincia de Mendoza. El escenario de un profundo campo de tierra, arena y arbustos desperdigados me anuncian un solitario día. Unas pocas chatas que van y vienen donde el choique habita. El zorro colorado hace de las suyas. Y el puma...el puma está, aunque no se deja ver. Más bien puedo sentirme observado sin saber nunca de él.

En los horizontes puedo apreciar las figuras de puntiagudos cerros -inactivos volcanes- en cuyo techo no termina de romper el gris y encapotado cielo que amenaza con llover haciendo fracasar mi travesía.

 

A paso agigantado voy pedaleando a tiro de alforjas cuando empiezo a percibir que el terreno se transforma.
Atrás quedaron el cañón del Atuel y el embalsado lago artificial del Nihuil. Por delante, mi camino hacia Malargüe.

 

El terreno no deja de sorprenderme y los médanos aparecen para volcar su arenal en el camino. La Gringa torea y se afirma. Bajo la presión del aire y ruedo.
No me tardo en cumplir mi objetivo y antes de las 4 de la tarde ya estoy arribando al primer puesto de crianceros muy cerca de la laguna Llancanelo. Para mi sorpresa en el lugar no hay nadie. Ni los perros quedaron. Continúo hasta el siguiente puesto, y peor aún. No solo no hay nadie, sino que ya casi no tengo agua y el molino está roto. Me cruzo un auto y confirma mi sospecha: -”Se fueron todos a la Veranada”.

La trashumancia es practicada por puesteros crianceros quienes, llegado los deshielos cordilleranos de Noviembre, migran para instalarse en las Veranadas de altura en busca de pastos frescos donde engordar su hacienda.

Foto correspondiente a Loncopué, Provincia de Neuquén. 18/12/17

A paso de tranco los jinetes atraviesan los campos, pueblos y ciudades arriando sus chivos, ovejas, vacas y caballos por caminos vecinales y rutas, en una travesía tradicional para su historia familiar que desarrollan durante varios días y durmiendo, muchas veces, bajo los árboles en la desensillada montura y abrigados solo con sus quillangos -ponchos-. A veces son acompañados por familias enteras, otras con su tropilla y unos cuantos perros de lengua seca que casi no aportan a la causa.
Durante Marzo y con la llegada de las primeras heladas, emprenden el regreso para afincarse en la Invernada con sus campos habituales ya renovados.

No me queda otra que seguir lo necesario hasta poder hacerme de agua. Cuando ya poco me quedaba para arribar a Malargüe, encuentro un puesto habitado y aquí me quedo.

De apellido Navarro el puestero, es un hombre noble y humilde. No come vidrio. Sabe de lo que habla, y me gusta escucharlo.
Aquí acampo y aprovecho las circunstancias para aprender algo más.
Hoy es día de esquila y el puesto recibe a toda la familia. Practico con el lazo. Charlo con uno y con otro. Le hacemos al desayuno: costillar. “-Y para el almuerzo: cordero y chivito.”
Ya habiendo comido por demás, decido continuar hacia Malargüe y me despido de la churrasqueada sin almorzar, más que agradecido.

Días más tarde volvería al campo malarguino con la motivación de atravesar un lugar distinto. Todos me advierten de las dificultades del camino como el guadal que casi nadie puede cruzar en auto común. También, que está prohibido acceder sin un guía habilitado. Pero yo no soy un turista. No soy un curioso pudiente de normales pretensiones escénicas. Soy un viajero del todo terreno y no hay obstáculo para mi ruedo.
En mi camino soy recibido por la familia Zagal en su puesto donde me invitan a pasar un par de días y compartir sus actividades.


La ruta es muy mala. Por momentos el ripio de piedras me pone serruchos profundos y otras veces el guadal de arenilla volcánica me entierra. Me exijo mucho físicamente y el sol pega que agobia. Visito a los Mansilla que tienen puesto en Coehue-co. Me invitan unos mates y yo aprovecho para picar mi almuerzo. Allí a la vista tenemos las cigüeñas petroleras que sacan de las profundidades el petroleo. Los postes eléctricos le dan electricidad a las máquinas para su labor, pero en el puesto no hay luz. Su corazón es grande y de allí me voy con un pan casero entre manos. Cargo mis botellas y entro a pedal al corazón de la Reserva Natural La Payunia.

De apoco se va poniendo la tarde. El entorno es rojizo y el suelo de arenilla negra. Pero también hay pasturas, arbustos de coirón, comesebos, y algún que otro árbol de dudosa procedencia. El atardecer sería completamente solitario de no ser por las vizcachas que merodean los escoriales alrededor de mi campamento como queriendo indagar sobre mis pasos.


La huella sigue por una estrecha brecha formada, a un lado, por los escurrimientos volcánicos de lava y, al otro, por la formación rocosa que se eleva y me tapa la vista del volcán Payún Matrú. A la vista, si tengo al patrón de las pampas negras con su perfecta forma cónica: el Payún Liso. Pero no todo aquí es natural.
Algo más alejado de los antiguos eruptivos se encuentran los yacimientos petroleros que conviven y llevan al entorno al deterioro crónico logrando, en solo unas pocas décadas de argentinos con pretensiones y necesidades de progreso a cualquier costo, dinamitar a aquellos símbolos naturales tras formaciones geológicas de edades millonarias y, perforar cuanto suelo fértil de oro negro se encuentre. Así pregonan los carteles de YPF que por las sendas de la reserva aparecen vociferando el “desarrollo sustentable” como si fuese un mal sueño en medio del magnífico y grandilocuente escenario natural. Sola imaginarse y transportarse al momento de esplendor de esta porción de la Tierra donde cientos de volcanes erupcionaron, y escupieron lava por doquier en un área de más de 450mil hectáreas en el actual sur mendocino con más de 800 volcanes, escoriales y pampas negras. Único en el mundo capaz de hacerte sentir en otro planeta.

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