Doble Paso Puelo – El León: La Bravura del Manso (Parte 1)

23/2/2018 - Mallín Ahogado, Provincia de Río Negro. En una fresca mañana amanece en Mallín Ahogado cuando a sorbos tomo mi último café, y con mi mirada puesta sobre los cerros busco al Sol que aún se niega a asomar.

Muy cerquita de aquí baja desde lo alto de la cordillera el río Azul con fuerza e historia que erosionan la piedra a su paso dejando cajones de profunda belleza y aguas cristalinas. Desde su confluencia con el Blanco avanzan juntos hacia abajo, hacia el sur. Yo no me quedo atrás. El Azul me marca el rumbo, y lo sigo desde lo alto del barranco por entre bosques de coihues, cipreses, e infinidad de chacras apostadas a ambos lados del camino. Aún sigo sin ver al Sol ya que mi techo es de copas arboladas y el fresco no me abandona.

Cuando a la vista tengo la Cabeza del Indio, comienzo a sentir los rayos del Antú, ese dios Sol de pura energía necesaria para motivar mi tracción a sangre.

El cartel anuncia el camino a Bolsón, pero yo me dirijo a donde el Azul va. Con destino Pacífico, me acerco a Puelo para abastecerme y organizar mi travesía, y más tarde sigo en busca de un rincón donde pasar el resto día y la noche bajo mis normales pretensiones de naturaleza libre, bosque y río.

Por la mañana bien temprano encaro por el sendero de la Lof Motoco y atravieso también los territorios de la Lof Cayún en dirección el destacamento de Gendarmería.

Se trata de un sendero ancho que me invita a pasar frente a los hogares de quienes habitan por estos pagos. Pierdo la cuenta de la cantidad de tranqueras que atravieso, pero en mi recuerdo quedan las ovejas de los pobladores en sus distintos corrales por los que atravieso y sus poco amistosos perros.

La pendiente es pesada y me bajo para cargar a pie la bici. Aprovecho para desviar mi mirada alrededor y encontrarme intrigado por los rojos frutos del avellano que hasta ese momento desconocía. La arbustiva zarzamora se despliega por todos lados, mientras algunos morales de dudosa procedencia llaman mi atención, y mi apetito.

No tardaría mucho tiempo en llegar a la costa del lago Puelo donde además está ubicado el puesto de Gendarmería. Hago los trámites migratorios, y me relajo un rato almorzando sanguches que me convidan caminantes allí convocados. El lugar es un área de acampe muy bonito del Parque Nacional, pero quedando tantas horas de luz y energía decido continuar con las firmes intenciones de llegar al lago Las Rocas, en Chile.

La pedaleada me ofrece un paseo por el bosque que pronto me obliga a descender de la bici y empujar por una pendiente repleta de rocas y obstáculos. Un buen rato me toma sortear la travesía hasta llegar a un punto plano en donde todo vuelve a descender y la huella se limpia para poder esquivar los árboles nativos y en velocidad acercarme poco a poco a los Hitos que marcan la frontera.

Ya estando al otro lado de la frontera en tierra chilena parecía que la cosa sería sencilla, pero el sendero se predispone de obstáculos nuevamente. Con subidas y bajadas cortas pero duras veo en mi travesía una contradicción al disfrute que me había imaginado. Tan solo pude pedalear 2 de los últimos 6km y se me viene la noche. En la penumbra diviso un sector de acampe libre sobre el lago Inferior y allí me quedo. Me encuentro con acampantes y al instante hago migas. Preparo los mates y compartimos una picada con la mirada puesta sobre el lago.
El lago Puelo tiene su desembocadura hacia el Pacífico, atravesando la frontera en forma de río. En dos oportunidades se ensancha formando el lago Inferior, primero y el Tagua Tagua, después, antes de ser río Puelo por completo hasta el mar.
Al despertar y salir de mi carpa veo que me encuentro solo. Mis colegas nocturnos han madrugado para completar su travesía de regreso a Puelo (Argentina). Como es mi costumbre, preparo mi nutritivo desayuno y comienzo a desarmar mi campamento.

Estoy bien cerca del puesto de Carabineros y el día se presta a estar soleado y cálido por estos rincones de bajas alturas cordilleranas. Me subo a la Gringa y le meto pedal con toda la energía renovada. El camino se ensancha y dejo atrás lo peor de la senda para disfrutar del camino entre puestos y chiqueros de chanchos. En menos de una hora llego a Carabineros y hago los trámites migratorios. Mientras charlo con el caballero, veo en la pared la imagen presidencial. Se trata de Michelle Bachelet. Y le pregunto al hombre: - “Aún no le han enviado la foto del presidente?”
Me mira y se queda pensando. Luego de una pausa, me responde: -”Es que aún no ha tomado el cargo. Sucederá en Marzó.”
Asiento con la cabeza pero pienso que da igual pues, ese hombre ya debe estar gobernando. Hace tiempo que lo hace desde los medios...

Desde lago Las Rocas retomo el sendero por una huella increible! La Selva Valdiviana me sorprende una vez más con increíbles arrayanes de troncos curvos e imperfecta belleza. Entre bosques, puestos, mallines y arroyos transcurre la aventura que a mi paso es veloz. Con una continuidad inédita por los senderos chilenos, subo un poco en altura hasta superar el paso, y con el atardecer ya definido me obligo a ser veloz para no llegar de noche.

Al llegar al único puesto sobre el lago Azul soy recibido por unos perros poco amistosos. Pido algo de yerba que olvidé comprar, y me busco un rincón a reparo del viento para montar mi campamento.

 

En Busca del Chubut

Valle del río Pichileufú

20/1/2018 - San Carlos de Bariloche, Provincia de Río Negro. Me detengo y miro a mi alrededor. Son pampas de puras piedras, calafate, matas, cardos y coirón. Un tronco petrificado que resalta por entre las demás piedras del camino esperando perderse en la erosión, mientras que a lo alto gobierna la Buitrera para el posadero de cuanto rapas sobrevuele el área. Junto a mi amigo Guille -baqueano en la zona- vamos surcando la huella ancha del camino vecinal que nos marca el rumbo con la intenciones de llegar a las nacientes del río Chubut en las alturas de la cordillera.

Guillermo Aveggio, amigo y baqueano desde el portezuelo del Dedo Gordo.

Lejos nos ha quedado ya la selva Valdiviana, pues aquí se respira más bien el ecotono de transición hacia la estepa. Ya casi no se utilizan estos altos valles para el pastoreo por sus prontas sequías de veranos calurosos. Por lo que la presencia de vacunos es muy limitada. Pero aquí si habita el puma y el zorro, mientras que el exótico ciervo colorado faldea en verano.
Nuestra primer parada fue en la veranada de los Jones, allí por donde comienza a escurrir el Pichileufú. Los perros ladran pero sin señales de presencia humana. Los que sí se acercaron fueron los tábanos que no nos dieron tregua. Armamos nuestro campamento cercano al puesto Las Mellizas, muy cerquita de un arroyo en el cual Guille se lució para pescar varias truchas y saciar nuestro apetito salvaje.
El vado tempranero nos despierta y continuamos al tranco. Siempre en ascenso y, solo cuando la huella mejora pedaleamos con soltura para terminar la mañana en un bosque alto de lengas. Almuerzo y siesta bajo las sombras del lengal, desde donde notamos el paso que nos abre la montaña de color celeste cielo. Lo que parecía una hazaña, está casi en nuestras manos: el cordón del Carreras está a punto de ser vencido.

El cerro Carreras es una montaña de importante altura en la Cordillera de los Andes. Los macizos protejen su laguna alta con historia glaciar y una inmensidad alrededor del cordón con forma de mallines que absorven y retienen las aguas como esponja que escurren lentamente a través de los distintos valles que se van abriendo paso por entre las montañas y forman cuatro importantes ríos de larga trayectoria. La divisoria de aguas allí va por cuenta del cordón del Carreras. El río Foyel y el Villegas desembocan en el Pacífico luego de confluir con el río Manso, y el Pichileufú y Chubut desembocan en el Atlántico pero de trayectorias bien distintas.

Desde el portezuelo “Paso del Dedo Gordo” podemos ver los valles y montañas que definen la cuenca del río Chubut. Miramos hacia abajo y la huella se pierde por un montón de piedras lajas. Sueltos los frenos, vamos hacia abajo intentando embocarle al camino correcto. Nos separamos pero con igual destino, terminamos en un mallín que nos hace dudar. Decidimos cruzar el primer vado de un afluente con destino de río Chubut y hacer noche en el viejo puesto de Reuque. Aquí, el paraje se encuentra en aparente abandono. La falta de truchas indican que el Chubut debe contar con algún salto río abajo que las mismas no pueden superar a la hora de desovar. La pregunta es si nosotros sí podremos con ese salto en nuestro camino río abajo.

Cordón del Carreras y Paso del Dedo Gordo.

El sendero es una huella gastada de tierra y surco profundo que poco a poco va desapareciendo y nos deja frente al Chubut sin más huella ni rumbo que el propio cauce de aguas cristalinas. Unos cuantos vados donde el Sol apenas empieza a alumbrar y, aún las aguas se sienten heladas, nos desvían hacia los bosques achaparrados con fallidos intentos por surcar ñirantales, lo cual demuestra que mi baqueano no está del todo ubicado en la senda correcta.

Decidimos continuar por el río que cada vez se encajona más. Con el agua por sobre las rodillas y nuestras bicis sumergidas, vamos al tiro. Mis ruedas anchas flotan con la corriente y se me hace difícil el vado. El didymo en las piedras nos resbalan a cada paso y con frustración vemos lo lenta que es nuestra marcha.

Es claro que no estamos yendo por el camino correcto. En la zona habitan pobladores crianceros y de veranadas, que no estamos encontrando. Mucho menos la senda por la que se desplazan.
Aquí el río está encajonado y no hay lugar para el paso de los aventureros en moto que nos han relatado esta aventura. Pero no podemos dejar de asombrarnos por lo que vemos. Las aguas frías con el paso de las horas y el Sol toman temperatura, y nuestra caminata por dentro del río no es tan terrible. La belleza de un lugar virgen que poca gente ha llegado a ver empieza a hacerme sentirme muy afortunado de estar en este lugar y me motiva a disfrutar cada minuto en las aguas del río Chubut.

Entre vados y caminatas acuáticas empiezan a abrirse los cajones que encierran al río a la vez que las pampas y bosques nos muestran pequeñas sendas de vacunos que aparecen a la vera del río. Y es allí que comenzamos a andar con más soltura y, lo que en un momento nos tomaba horas, de pronto son unos cuantos minutos.

Salto del Río Chubut.

La senda sube y el sonido de aguas en caída libre no falla. En presencia de la cascada del Chubut celebramos lo vivido y nos preparamos para descender. A pedal y rienda suelta llegamos al puesto de don Manuel Miranda, quién nos recibe con mates y abundancia que cualquier gaucho brinda al viajero de turno. Un almuerzo en familia para peregrinos que hacía días no veían a otra persona más que los propios integrantes de la campaña.

Antiguo puesto de Don Manuel Miranda.

No es vez primera que me dejo llevar. Pero si, que no discuto el rumbo. Es que ante mi tenía un temerario y experimentado viajero, de un pasado caminante y profundo de nuestra cordillera en la Patagonia Norte. Es por ello que cuando mi colega propone un cambio de rumbo, lo acepto a sabiendas de que algún encanto tendría para sorprender. En principio, la cosa iba por la costa del Chubut hasta el Maitén, pero decidimos desviarnos por uno de sus afluentes más acaudalados: el río la Horqueta. Allí fuimos de visita a uno y otro de los paisanos que habita la costa de mencionado río. Cuando el día se acababa nos asomamos al puesto de don Napal. El hombre allí vive solo pero afirma estar en un campo de su madre. Sus raíces son mapuches pero poco sabe de su pueblo originario. Para muchos de ellos no fue fácil pasar desapercibidos en una sociedad occidental y militarizada. El ocultamiento, cambio de nombres y olvido obligado de su lengua madre, el mapudungún, fueron el resultado del progreso ambicionado y la colonización de la Patagonia y sus antiguos pobladores. Don Napal nos recibió en su humilde hogar. No faltó el mate ni la cena con carne criancera. Y de desayuno: carne también.

Valle del río La Horqueta y cerro Bonete. Puesto de Don Napal.

Arrancamos temprano en el día nuevo con la meta de subir el cerro con forma de bonete. Por picada de cabras empujamos las bicis entre resbalones, pateando piedras y tierra hasta llegar al mallín en la veranada de Cacho. Seguimos la huella con el objetivo de pegarle a las nacientes del río Ternero. El puesto de don Cartón nos marca el rumbo y la picada no falla. Una vez allí seguimos el ruedo por la huella que nos marca el rumbo y se transforma poco a poco en un camino vecinal. Más de 20km casi siempre bajando por un muy entretenido camino. Los pedregales y vados torrentosos nos ponían dificultad, a la vez que sorteamos más de una vez tranqueras cerradas. Llegamos al desemboque del camino en la ruta que conecta El Maitén con la ruta 40 Nueva y le hicimos una parada para almorzar en la despensa de la familia Sheffield.

Unas horas más tarde de aburridas rutas transitadas llegamos a la Finca Shanti para relajar y coronar la travesía en la Comarca Andina.