Bikepacking por la Huella Andina en mi Camino a Chile

Pablo Casanova es el puestero encargado del paraje que comparte con su familia bien arriba y metido en la altura del valle del Río Grande. La Población Casanova es de su familia desde hace más de 100 años cuando se pobló con sus ascendientes inmigrantes italianos.

El lugar cuenta con casas de construcción muy antigua, un viejo camión canadiense echando raíces y a la espera de ser reparado o pasar a mejor vida, y unos cuantos animales entre vacunos y caballos. La cuestión es que él me invitó a dormir en el quincho a reparo que utilizan en temporada para recibir a los turistas que visitan la zona. El deterioro que demuestra el domo de acampe instalado allí por la Huella Andina, y el claro atardecer sin señales de nubes que anuncian un amanecer helado fueron la motivación de mi tocayo.

Salgo con la Ruda temprano...bueno, no tanto. Como a las 10 arrancamos viaje luego de que el Sol se alzó lo suficiente para deshacer la escarchada mañana. Primero, visito el lago Escondido, y luego tomo mi desvío para seguir tras la Huella Andina hacia Ruca Ñire. La senda inmediatamente comienza a subir con mucha pendiente. No queda otra que empujar en la angulada subida. Al llegar a la altura de la Laguna Toro, la pendiente desaparece y yo soy bici de nuevo. Por un todo terreno, desafío la gravedad atravesando bosques tupidos de Lenga, Raulí y Roble Pellín pero lo que me entorpece el paso es la Caña de Colihue. El camino comienza a descender bruscamente en forma de caracol en el sentido de la costa del lago Lacar donde disfruto en plenitud de una senda impecable casi sin obstáculos. En la costa del lago almuerzo y al rato sigo. Cuando me imaginaba que en media hora concluiría los 4km restantes a mi destino, la senda empezó a transitar por su peor parte. Completamente llena de obstáculos entre ramas, troncos caídos y arbustos tapando la senda, se me complica enormemente avanzar y hasta seguir la huella, donde debo esforzarme por no perderla. Al llegar a una pampa repleta de arbustos de Rosa Mosqueta me relajo y, como resolviendo un laberinto, pedaleo suave los últimos metros hasta desembocar en Ruca Ñire. Luego de toda una tarde empujando, la satisfacción es amplia pero el desgaste físico superior. Originalmente, había pensado en seguir la senda hasta Queñi, pero decido acampar aquí mismo y descansar bien.

Ruca Ñire es simplemente bellísimo. Los vestigios de un importante muelle, hoy ya en un deteriorado estado, hablan de un reciente pasado de mucha actividad maderera. El pasto bien corto por todo el predio se explica por la presencia de vacunos que pobladores cercanos sueltan en la naturaleza. Ellos también se alimentan del fruto exótico y es a través del excremento que los vacunos van abonando al trasladarse y convierten al arbusto en plaga. Al fondo del área de acampe, donde se ubican los baños secos, se pueden apreciar restos de construcciones de cemento. Aquí, tras la disputa de límites con Chile y la traza de la frontera, se fundó lentamente el Parque Nacional Lanín con el objetivo de tener presencia y control de la región desde la mirada del guardaparque y, por otro lado, colonizarla. Las poblaciones avanzaron desde el Lago Nonthue hacia el este. El Plan de Manejo habilitó la explotación forestal y la industria maderera trajo trabajo a argentinos y chilenos que aquí habitaron.

 

El tilo y los manzanos, son algunas de las plantaciones que aún quedan de esos años.

La Huella Andina y el Parque hicieron un gran trabajo en esta área de acampe libre. Pude dormir muy bien en el domo y las letrinas funcionan perfectamente. Por otro lado los manzanos me dieron algo de dulce para acompañar con galletas.

Al despertarme la bruma ocupa toda la costa y la superficie del lago Lacar. Pero sé que en cuanto suba el Sol, las nubes se levantarán y el cielo será azul todo el día.

Por sendero sigo hasta arribar a Pucará donde Martín Pereyra, el guardaparque encargado, me recibe en su puesto con unos mates que acompaño con maní y después con unas galletas de avena. Le dejo mis datos para que avise en la intendencia que concluí la etapa de la Huella Quila-Quina/Pucará y charlamos un rato donde él me cuenta la historia de estos parajes y yo sobre mi aventura. Otra cosa que me sorprendió fue que en el puesto tenga servicio de WiFi satelital para el uso de visitantes del Parque. Un rato más tarde me despido del compañero para seguir rodando.
Paso por Chachín, y luego me pierdo un rato disfrutando lo mejor de la Huella Andina costeando por la playa del lago Nonthué y luego por un hermoso bosque.
Para coronar la jornada encaro el camino hacia Queñi. Se trata de un camino de muy difícil acceso que incluye un caracol, barro por todos lados y vados pedregosos de correntosas aguas que llegan a las rodillas. Acampando en soledad frente al lago Queñi me despido de otra dura y larga travesía.

 

Amanecí a orillas del Lago Queñi en un sector de acampe libre que el Parque Nacional Lanin dispone para los buscadores de paz.
Esta es una época complicada para acampar. La bruma ocupa todo el entorno del Lago y la inexperiencia en este clima me hace pagar caro las consecuencias. La carpa se humedece completamente y mi bolsa de dormir condensa con mi calor la humedad exterior. No hay manera de evitar que esto suceda a menos que duerma junto a un fuego y lo mantenga alimentado toda la noche. Pero ni siquiera fui capaz de prender uno por la escasez de leña seca. Toda una odisea. Así todo yo duermo bien y no paso frío. Pero la acumulación de humedad a diario en mi bolsa y carpa, que no logro secar del todo, en algún momento me va a jugar una mala pasada. Basta con una seguidilla de días lluviosos o que baje la helada y dure todo el día para no poder evitar sentir el frío otoñal de la cordillera. Allí si, no va a quedar otra que sacar el saco térmico de emergencia.

Desayuno rápido y guardo todo mi campamento en la carpa parcialmente armada. La idea es que si sale el Sol, le pegue un poco a fin de secarla lo más posible. Luego veré. Y ahora, aprovechar este rato para visitar las termas de Queñi.
La Ruda no se achica. El cartel del Parque Nacional solo permite bicis si el ciclista es experto. Vaya que no lo soy, pero si que tengo suficiente experiencia para manejar por senderos.

Un rato nomás me tomó llegar a la terma para disfrutar de mi primer baño en días. Aprovecho la soledad para desnudarme y el vapor ya evita sentir frío alguno. Me surmerjo completo en agua caliente y dejo que los minerales de origen volcánico nutran mi piel. La energía que aquí se siente supera completamente los malos momentos que tuve recientemente. Vadear ríos, manos o pies congelados, lluvias incesantes, caídas, golpes o raspones, o el mismísimo abandono devenido en soledad. Gente que no sabe, no quiere, no le interesa. Por suerte aún queda gente amable en esta tierra como la familia de Andrés o Martín, el guardaparque de Pucará.

Le meto pedal con el objetivo de cruzar a Chile por el Paso Fronterizo Hua-Hum. Pasadas las 15hs llego a la frontera Argentina donde me alertan de que la barcaza cruza a las 16hs y que tengo 12km hasta el puerto. Lo pienso un poco y aún no almorcé pero decido jugármela y a dar todo para llegar a cruzar.

Desafortunadamente la aduana chilena me retiene mucho tiempo con trámites absurdos, como registrar mi bicicleta -esto si que es algo que nunca me hicieron hacer-. Obviamente, el SAG me extrajo la palta y el tomate que pensaba almorzar, y me revisan toda la bicicleta, cosa que insumó mucho tiempo. Ellos de todas maneras estaban apenados por retrasarme en cumplimiento de sus deberes.
Ya asumiendo que había perdido la barcaza, me dispongo a transitar el camino con tranquilidad. La ruta llena de hojas secas en sus orillas embellecen mi paso. La panza me cruje y no tengo que almorzar. Paso por una pequeña villa -la más grande de todo Pirehueico-, y una casa anuncia que vende pan. No necesito pan, pero igualmente le compro a la señora. Esto corresponde a esos impulsos raros que tengo. Charlo brévemente con la señora y le digo que en realidad busco frutas o verduras y me dice que no tiene. -Y con el pan que hago? Me pregunto, sin decirlo realmente. -Lo que me falta ahora es manjar. Le digo en chiste a la señora, quién primero se ríe. Luego, se va adentro y vuelve con un tarro de Dulce de Leche argentino. -Tomá, este es para vos que a mi no me gusta. Lo miro y resulta que es repostero -mejor aún si es repostero!-. Me invitan un trago de chicha para celebrar el Día del Trabajador -la chicha es una bebida alcohólica chilena obtenida por la fermentación del jugo de manzana-. Me despido de todos y sigo mi camino en busca de un rincón para pasar la noche. Como casi todos los días con la misma pregunta: “dónde dormiré esta noche?”.

Al llegar a Puerto Pirehueico no hago otra cosa más que entrarle al dulce de leche. Me caliento agua y primero le hago al café. Más tarde a los mates. En la sala de espera de la terminal me recibe Macarena quién me invita a pasar. Adentro el calor de la brasa se siente y empiezo a sacarme capas de abrigo. Un rato de charla, y luego el cambio de turno donde hago amistad con su relevo quién ocupa el turno nocturno en el puerto. Él se encuentra acompañado de su señora y entre los dos resuelven que como va a llover sería preferible que duerma adentro. Unos grosos. Me piden que no le diga a nadie de esto para evitarle problemas laborales al hombre.

Al otro día me encuentro nuevamente con Maca, quién me trae algo de pan y consigue regalarme changle -un hongo que crece en tierra en lugares húmedos y soleados.

Al cruzar en la barcaza, la bici es mi carta de presentación. Una chica chilena que anda de viaje con su hijo se me acerca y me pregunta por mi viaje. Le cuento un poco lo que hago y de donde vengo. Algunas experiencias y demás. Ella se interesa mucho sobre mi estilo de vida actual que no puede creer. Compartimos charlas y mates mientras la barcaza nos lleva al otro lado del lago Pirehueico.
Luego del desembarco en Puerto Fuy, me encuentro nuevamente con Maca y su marido Samuel, de quienes me despido, pero antes de irme me obsequian unos membrillos recién cosechados, pan y dulce de murtilla. Me toma por sorpresa esto que es completamente inesperado mientras me brillan los ojos por todo lo que veo y que no sé donde guardar. Comienzo a pedalear por la bicisenda de la ruta por un bello camino donde de fondo brilla el volcán Choshuenco.

Unos pocos kilómetros y llego a la Reserva Huilo-Huilo. Allí me encuentro con Lorena y su hijo y recorremos el lugar.
Esa noche dormí en un refugio colgado entre los árboles por sobre la población de ciervos colorados que braman y hacen de nuestros jardines, sus rebaños. O, tal vez sea al revés la cuestión.

 

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