Doble Paso Puelo – El León: La Bravura del Manso (Parte 2)

28/2/2018 - Lago Azul. Región de los Lagos, Chile. Saliendo del lago Azul por sendero, la huella parece pedaleable. Pero, tan solo 100 metros después no pude hacer otra cosa más que bajarme y empujar hacia arriba  para vencer el cerro que me separa de la carretera. Una vez sobre el ripio, pedalié con soltura hasta llegar a Llanada Grande. Allí aprovecho para abastecerme nuevamente. Casi pude conseguir todo lo que precisaba. Incluso pude almorzar ricos sánguches de palta, tomate y queso de campo.

Seguí la ruta hasta cruzar por puente la desembocadura del río Manso cuyo cauce confluye unos kilómetros más adelante con el río Puelo en su camino al Pacífico. Al otro lado del puente la huella ancha me marca el rumbo y pasando por las distintas chacras voy haciendo mi camino costeando el Manso río arriba.

Poco a poco la huella se reduce erosionada tan solo por el tránsito de caballo y arreo de ganado de los pobladores que habitan los parajes de la zona.

Unos 15km de pedaleo casi continuo por una maltratada pero entretenida huella, me dejó a tiro de bicicleta para pechear hacia arriba por un caracol de barro, piedras y cajones de tierra. El bosque en su inmensidad ascendiendo por un rodeo de árboles nativos. Un paisano se me cruza a caballo y me anuncia lo que vengo presintiendo. “-Te espera un día duro cargando la bicicleta.” A lo que respondo sonriendo: “-Si. Me lo imaginaba, pero no hay problema. Tendré que ir despacito.”
El hombre se ríe y me desea suerte.

El Sol agobia y por suerte la mayor parte del tiempo voy en la sombra. Una vez ganada la altura, la huella se aplana y me permite rodar con soltura. Dejo atrás el puesto del paisano, hasta que me acerco al río Steffen. Este río se muestra profundo y caudaloso. Cruzo por un deteriorado puente de madera hecho con pesados troncos encuadrados y montados a mano que me evita tener que poner las patas en agua.

Me distiendo un rato para comer algo y más tarde sigo. La huella haciende nuevamente con pendiente que me la hace difícil. Ya siento la dureza de la travesía. Subir y bajar parece que será una constante. Una vez en la altura, la huella nuevamente mejora y en casi terreno plano avanzo por varios puestos en aparente abandono. Uno tras otro, voy pasando los casas y galpones con aires de tristeza. Familias de tradición campera no pudieron soportar el aislamiento y en búsqueda de progreso se alejaron de su raíz para afincarse en los pueblos. Allí donde llegan los caminos, y con ello la educación, la salud y el trabajo menos sacrificado. Para mi fortuna el gaucho chileno es frutero de antaño, y en sus patios pueden encontrarse manzanos y ciruelos además de la típica zarzamora. Febrero y Marzo se vuelven ideales para esta travesía por la cosecha de frutos pero principalmente por la sequía de lluvias que secan las barreadas sendas.

La noche me agarró en el bosque sin poder encontrar lugar mejor para montar campamento. Estoy muy cerca del Torrentoso y me despido del día con la ansiedad por llegar al paraje.

Por la mañana comencé el día empujando la bici por la huella, hasta unos kilómetros antes de cruzar el río Torrentoso en donde pude volver a pedalear y sentir la satisfacción de haber dejado atrás un escollo importante. Según doña Leticia Contreras Méndez, pobladora del paraje homónimo al río, ya había superado lo peor. “-De aquí en adelante la senda es mucho más fácil casi sin subidas importantes.”, me dijo. Y así fue, la senda transitó por un estrecho camino de caballo bien enterrado en el bosque. Los barros que suelen afectar a los caminantes y jinetes, en esta época del año (fines de febrero) suele estar más seco.

 

 

Cuando la travesía por el Manso transitaba su mejor momento por un sendero estrecho pero perfecto para pedalear en todo terreno por los bosques cordilleranos, una rama se encaja en la rueda enroscando la pata de cambios para partirla en dos. Sin un solo sentimiento de pena, angustia, ni bronca, me remangué y con mis herramientas corté la cadena para continuar en singlespeed.

 

 

 

Nada iba a arrebatarme la felicidad con la que desarrollo mi aventura. Más aún a sabiendas de la gran cantidad de satisfacciones, miles de kilómetros y horas de senderismo que me dió esa pata a lo largo de la Patagonia, su estepa y cordillera.

Con la velocidad justa y el atardecer del día, arribo al Paraje el León y acampo junto al río que le da nombre.

El Valle del Manso y sus distintos parajes tienen historia entre nuestros antiguos pobladores. Por aquí habitaba y arreaba ganado el lonko Cacique Foyel. Mapuche él, nómada y poblador de Puelmapu (Tierra del Este). Foyel fue uno de los últimos tres líderes que resistieron con valentía el avance del coronel Villegas al mando de las batallones del sur en la nefasta mal llamada Conquista del Desierto, cuya agresividad se llevaría puesta a Sayhueque lonko del "País de las Manzanas" (actual sur neuquino), y a Inacayal del Chubut.
Hoy en día, dos de los ríos afluentes en la cuenca del río Manso, llevan los nombres de Foyel y Villegas, los cuales, en definitiva, mezclan sus aguas, quizás, con la misma bravura que debieron tener en aquellos históricos acontecimientos.

Cruzo el río El León por puente y seguido de él, el Manso en lancha. Aún pueden verse los restos del antiguo puente que conectaba ambas orillas. Despacito me arrimo a la tranquera que divide el camino a un lado y otro de la frontera entre Chile y Argentina, coronando una travesía que tuvo de todo. Ese mismo día, cumplía años doña Etelvina Bahamonde, o mejor conocida como Tía Etel, pobladora del paraje El León (Chile). Mientras yo pasaba por la puerta de su casa, festejaban su cumpleaños 105, aunque las fuentes oficiales aseguran que ella tiene al menos 110.

Nació en una humilde casita que ya no existe, pero vivió casi toda su vida en la que construyó su padre hace casi 100 años, con madera autóctona de ciprés y alerce en este hermoso rincón a donde antes no llegaba nadie. Un día se encontraron con agentes oficiales que le instalaron el Hito en el patio de su casa remarcando la frontera andina, y dejando su gallinero del lado Argentino.
En mi paso por el León fui invitado a su cumpleaños, adónde además de ser alimentado, brindé con bota gaucha en reiteradas oportunidades.

Doble Paso Puelo – El León: La Bravura del Manso (Parte 1)

23/2/2018 - Mallín Ahogado, Provincia de Río Negro. En una fresca mañana amanece en Mallín Ahogado cuando a sorbos tomo mi último café, y con mi mirada puesta sobre los cerros busco al Sol que aún se niega a asomar.

Muy cerquita de aquí baja desde lo alto de la cordillera el río Azul con fuerza e historia que erosionan la piedra a su paso dejando cajones de profunda belleza y aguas cristalinas. Desde su confluencia con el Blanco avanzan juntos hacia abajo, hacia el sur. Yo no me quedo atrás. El Azul me marca el rumbo, y lo sigo desde lo alto del barranco por entre bosques de coihues, cipreses, e infinidad de chacras apostadas a ambos lados del camino. Aún sigo sin ver al Sol ya que mi techo es de copas arboladas y el fresco no me abandona.

Cuando a la vista tengo la Cabeza del Indio, comienzo a sentir los rayos del Antú, ese dios Sol de pura energía necesaria para motivar mi tracción a sangre.

El cartel anuncia el camino a Bolsón, pero yo me dirijo a donde el Azul va. Con destino Pacífico, me acerco a Puelo para abastecerme y organizar mi travesía, y más tarde sigo en busca de un rincón donde pasar el resto día y la noche bajo mis normales pretensiones de naturaleza libre, bosque y río.

Por la mañana bien temprano encaro por el sendero de la Lof Motoco y atravieso también los territorios de la Lof Cayún en dirección el destacamento de Gendarmería.

Se trata de un sendero ancho que me invita a pasar frente a los hogares de quienes habitan por estos pagos. Pierdo la cuenta de la cantidad de tranqueras que atravieso, pero en mi recuerdo quedan las ovejas de los pobladores en sus distintos corrales por los que atravieso y sus poco amistosos perros.

La pendiente es pesada y me bajo para cargar a pie la bici. Aprovecho para desviar mi mirada alrededor y encontrarme intrigado por los rojos frutos del avellano que hasta ese momento desconocía. La arbustiva zarzamora se despliega por todos lados, mientras algunos morales de dudosa procedencia llaman mi atención, y mi apetito.

No tardaría mucho tiempo en llegar a la costa del lago Puelo donde además está ubicado el puesto de Gendarmería. Hago los trámites migratorios, y me relajo un rato almorzando sanguches que me convidan caminantes allí convocados. El lugar es un área de acampe muy bonito del Parque Nacional, pero quedando tantas horas de luz y energía decido continuar con las firmes intenciones de llegar al lago Las Rocas, en Chile.

La pedaleada me ofrece un paseo por el bosque que pronto me obliga a descender de la bici y empujar por una pendiente repleta de rocas y obstáculos. Un buen rato me toma sortear la travesía hasta llegar a un punto plano en donde todo vuelve a descender y la huella se limpia para poder esquivar los árboles nativos y en velocidad acercarme poco a poco a los Hitos que marcan la frontera.

Ya estando al otro lado de la frontera en tierra chilena parecía que la cosa sería sencilla, pero el sendero se predispone de obstáculos nuevamente. Con subidas y bajadas cortas pero duras veo en mi travesía una contradicción al disfrute que me había imaginado. Tan solo pude pedalear 2 de los últimos 6km y se me viene la noche. En la penumbra diviso un sector de acampe libre sobre el lago Inferior y allí me quedo. Me encuentro con acampantes y al instante hago migas. Preparo los mates y compartimos una picada con la mirada puesta sobre el lago.
El lago Puelo tiene su desembocadura hacia el Pacífico, atravesando la frontera en forma de río. En dos oportunidades se ensancha formando el lago Inferior, primero y el Tagua Tagua, después, antes de ser río Puelo por completo hasta el mar.
Al despertar y salir de mi carpa veo que me encuentro solo. Mis colegas nocturnos han madrugado para completar su travesía de regreso a Puelo (Argentina). Como es mi costumbre, preparo mi nutritivo desayuno y comienzo a desarmar mi campamento.

Estoy bien cerca del puesto de Carabineros y el día se presta a estar soleado y cálido por estos rincones de bajas alturas cordilleranas. Me subo a la Gringa y le meto pedal con toda la energía renovada. El camino se ensancha y dejo atrás lo peor de la senda para disfrutar del camino entre puestos y chiqueros de chanchos. En menos de una hora llego a Carabineros y hago los trámites migratorios. Mientras charlo con el caballero, veo en la pared la imagen presidencial. Se trata de Michelle Bachelet. Y le pregunto al hombre: - “Aún no le han enviado la foto del presidente?”
Me mira y se queda pensando. Luego de una pausa, me responde: -”Es que aún no ha tomado el cargo. Sucederá en Marzó.”
Asiento con la cabeza pero pienso que da igual pues, ese hombre ya debe estar gobernando. Hace tiempo que lo hace desde los medios...

Desde lago Las Rocas retomo el sendero por una huella increible! La Selva Valdiviana me sorprende una vez más con increíbles arrayanes de troncos curvos e imperfecta belleza. Entre bosques, puestos, mallines y arroyos transcurre la aventura que a mi paso es veloz. Con una continuidad inédita por los senderos chilenos, subo un poco en altura hasta superar el paso, y con el atardecer ya definido me obligo a ser veloz para no llegar de noche.

Al llegar al único puesto sobre el lago Azul soy recibido por unos perros poco amistosos. Pido algo de yerba que olvidé comprar, y me busco un rincón a reparo del viento para montar mi campamento.